Por Tomàs Baiget
En el número anterior informamos del programa MLIS de la Comisión Europea para el multilingüismo, que gastará (sólo) 2.400 M PTA en el trienio 1996-98 para paliar algo el problema de la diversidad de lenguas –oficiales– en la Unión.
https://www.scimagoepi.com/programa-de-la-comision-europea-para-el-multilinguismo
Esa nota nos ha llevado a reflexionar sobre el multilingüismo en general en tanto que personas, así como, en particular, por nuestro trabajo de documentalistas.
El hecho real de que en Europa se hablen tantas lenguas se enfoca de distinta forma según las personas y las sociedades. Entrar a fondo en su análisis sería largo y complicado –y arriesgado, ya que es algo que a menudo da lugar a acaloradas discusiones, puesto que varias de las opciones políticas existentes hacen bandera de las lenguas–.
Sin embargo, nos atreveremos a escribir unos apuntes intentando ser desapasionados y, en la medida posible, objetivos, sobre este importante tema que tanto afecta a la Documentación y a los documentalistas.
Algunos ven la multiplicidad de idiomas como una riqueza cultural. Una apreciación simplista llevaría a la conclusión de que cuantas más lenguas tuviera un país más culto sería. Pero la cosa es mucho más compleja, puesto que cada idioma es algo más que una herramienta o un elemento cultural: es un medio en el que a lo largo de siglos se han cultivado entramados culturales distintos, que han podido desarrollarse de forma diferente precisamente gracias a la barrera y separación del resto de culturas que ha supuesto la misma lengua.
A lo largo de la historia la lengua ha sido, además, un elemento y un signo de dominación de unos pueblos sobre otros. No nos puede extrañar, pues, que este tema esté enrarecido en según qué zonas europeas, para las cuales obligar a hablar otra lengua no significa cultura sino simplemente opresión.
Algunas comunidades más que otras toman la lengua como su signo distintivo, casi la razón de ser sobre la que basar todo su sistema social y político. En este sentido la lengua se emplea para acentuar las fronteras que delimitan su sociedad o su territorio de los demás.
Puede ser atractivo y políticamente útil tener una lengua minoritaria propia que pueda usarse para difundir determinados mensajes, pero acentuar las distinciones también puede ser contraproducente, puesto que ello lleva inevitablemente al aislamiento.
Desde el punto de vista documental tenemos que ser conscientes de que los productos de información elaborados con una lengua minoritaria tendrán una difusión mínima, que probablemente no podrán entrar en la dinámica comercial y que finalmente deberán costearse con los impuestos.
Los documentalistas mediadores de información muchas veces observan que las lenguas son obstáculos para el fluir de la información entre autores y lectores. En múltiples ocasiones han experimentado cómo muchos documentos pertinentes localizados en bases de datos han resultado en la práctica inaccesibles por estar escritos en idiomas poco conocidos.
Fuente: Wikipedia
Por lo tanto, los documentalistas ven el multilingüismo como un hecho desafortunado, y en este sentido coinciden con la misma Biblia. Todo el mundo acepta la descripción bíblica de la diversidad de lenguas como un castigo de Dios a los orgullosos constructores de la torre de Babel. ¿Por qué se empeñan pues algunos en ver ventajas al multilingüismo –aparte, por supuesto, de los traductores y de los propietarios de las escuelas de idiomas–? Nos parece más lógico afrontarlo con resignación, no con orgullo.
Para la industria de la información electrónica europea la diversidad idiomática es un serio obstáculo para su desarrollo, puesto que las bases de datos no disponen de suficiente número de usuarios para ser rentables, y las tiradas de cd-roms y demás publicaciones tienen que ser necesariamente cortas y, por lo tanto, deficitarias.
Evidentemente, el Reino Unido es una excepción a lo anterior. Gozar del idioma hegemónico, el inglés, significa para este país ser, con mucha diferencia, el principal productor europeo de información electrónica, con el 29,1% del total del Área Económica Europea (según resultados provisionales del MSStudy del Information Market Observatory, DGXIII, CE, Luxemburgo).
Nos parece lamentable y patético que los puristas responsables del idioma inventen términos nuevos con sabor local para no tener que usar los extranjeros, frecuentemente ya muy populares e introducidos (hardware, software, marketing…). Ello no hace más que complicar la actual Babel.
Sin embargo, aunque no la compartamos, su lógica se entiende: para ellos cada palabra extranjera es como una pequeña invasión. Si la viveza de una lengua se mide por su uso, cada palabra “infiltrada” equivale a la muerte de una palabra propia.
¿Qué hacer con el multilingüismo?
La realidad es que las lenguas están aquí, y hay que aceptarlas como un hecho intrínseco, para bien de unos pocos y para mal, creemos, de la gran mayoría. Consolémonos pensando que la desmembración idiomática del planeta ya ha tocado fondo y gracias a los medios de comunicación ya no se crearán nuevos idiomas ni dialectos.
Hay que ser respetuosos con las lenguas y con quienes las hablan. No se puede pretender erradicarlas a la fuerza como, p. ej., por citar el caso más cercano a nosotros, intentó el Franquismo con los idiomas regionales españoles (además de crear una xenofobia a los idiomas extranjeros que a algunos aún les dura).
Se puede argumentar, ciertamente, que el bi o trilingüismo es irracional y caro, pero ello es algo similar al hecho de que vistamos con prendas distintas o compremos coches de diferentes marcas. Es evidente que lo más eficiente sería que todos vistiéramos igual, como los chinos de Mao.
Y ello teniendo en cuenta que cambiar de prenda o de coche es mucho más fácil que cambiar de idioma. Dejar de expresarse en la lengua materna representa un trauma bastante grave para la mayoría de las personas en particular y para una sociedad en general. Una verdadera pérdida de identidad.
Seamos conscientes de la situación
En una sociedad multilingüe de hecho, como la que los siglos pasados han “obsequiado” a España y a Europa, debemos intentar sacar el mejor (o el menos peor) partido posible, conociendo nuestras ventajas y nuestras limitaciones. Las lenguas son vehículos de ideas, de costumbres distintas o de interpretaciones diferentes de la misma cultura. Disfrutemos en lo posible estas particularidades, en un mundo que avanza abocado hacia una aburrida uniformidad.
Sin solución por ahora
Hágase a la idea, querido lector, que va a tener que arrastrar la incurable enfermedad de las lenguas durante toda su vida. Especialmente si su lengua usual no es el inglés, el dilema idioma extranjero-idioma materno va a perseguirle siempre, y quizá deberá decidirse ecléctica y alternativamente por el primero si quiere obtener más difusión, o por el segundo cuando quiera “hacer patria”.
Los sistemas de traducción automática oral y/o escrita distan mucho todavía de ser utilizables. Por el momento sólo podrían llegar a ser una pequeña ayuda.
Tendremos, pues, que seguir avanzando capeando las situaciones como podamos: ni dejándonos invadir por el inglés ni atrincherándonos en nuestro idioma local. Difícil equilibrio.
Seamos conscientes de que en la “sociedad de la información” la diversidad lingüística nos está costando cada vez más cara, quizá mucho más de lo que valdría la pena pagar.
Apertura al exterior
España siempre ha defendido a capa y espada su pureza idiomática. En general siempre ha estado muy a la defensiva en relación a las lenguas foráneas (con la única excepción de las palabras que han venido acompañadas de la música). Se ha evitado cuidadosamente que por la radio y la televisión pudieran aparecer “desagradables conversaciones” en otros idiomas que no fueran el castellano en ocasión de retransmisiones (aunque tuviera que decir tres veces lo mismo, la consigna del locutor español parecía ser la de tapar a toda costa al locutor distante).
También, a diferencia de otros países más permeables, aquí el doblaje del cine es muy importante, y las versiones originales escasean.
En conjunto los españoles no dominamos idiomas y, a pesar de ser tan buenos profesionales como otros, solemos hacer papeles bastante pobres en ocasión de reuniones internacionales, en las que el único idioma de trabajo acostumbra a ser el inglés.
Muchas veces no dominar el idioma inglés significa perder licitaciones y concursos que pueden ser de millones de dólares. Mire cómo funcionan las evaluaciones de los concursos de la Comisión Europea: varios expertos de toda Europa son llamados a Luxemburgo o Bruselas. En una habitación de la que no pueden salir ni comunicarse deben leer, puntuar y calificar los pliegos de las propuestas en un muy corto período de tiempo (quizá solo media hora por proyecto) –en un par de días quizá hay que evaluar docenas de propuestas–. A continuación, el coordinador de la sesión reúne aparte a los 4 o 5 expertos que leyeron una propuesta determinada y les hace explicar lo bueno y lo malo que han visto en ella. Se entabla una discusión entre los expertos, y a nadie se le oculta que (a menos de que se trate de algo realmente infumable) todos defienden la que procede de su país. Es aquí cuando hay que saber negociar en inglés y tener riqueza de lenguaje para dar razones de una, otra, otra y otra manera, con argumentos diferentes para conseguir que se apruebe una propuesta española… Mal lo vamos a tener si resulta que el representante francés, por ejemplo, ha hecho un doctorado en una universidad norteamericana…
Las bases de datos no son un caso especial y en España siempre se han producido exclusivamente en español, sin tener en cuenta su posible exportación y consiguiente rentabilización. Está claro, que una base de datos en español nunca tendrá la misma salida internacional que en inglés, pero sería deseable que los productores de nuestro país fueran mentalizándose para, al menos, incluir descriptores o resúmenes en inglés. Sería un ejercicio muy saludable no sólo para los posibles usuarios del extranjero, sino también para familiarizarnos nosotros mismos con el santo inglés.
Una gran mención merece el caso de Prous Editores, de Barcelona, que se ha situado en primera línea mundial en información sobre nuevos medicamentos y principios activos: todo lo publica en inglés. Tiene varias bases de datos accesibles online en los hosts Dialog y Data-Star, y exporta un cd-rom (v. IWE-30, dic. 94-ene. 95, p. 14, “Primera bdd española cargada en hosts internacionales”) a todo el mundo.
https://www.scimagoepi.com/primera-base-de-datos-espanola-cargada-en-hosts-internacionales
Prous demuestra que, si queremos, nuestro país también tiene algo que decir en documentación.
baiget@sarenet.es
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Esta información se publicó en la revista Information World en Español (IWE), n. 45, junio de 1996, pp. 5-6.
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