Dos libros recientes ponen en guardia sobre los imprevistos problemas que pueden causar las nuevas tecnologías.
Uno apareció comentado en el Financial Times del 4 de julio de 1996, p. 12: Why things bite back: technology and the revenge of unintended consequences –Por qué las cosas muerden: tecnología y la venganza de las consecuencias no deseadas–, de Edward Tenner.
Why things bite back: technology and the revenge of unintended consequences. Edward Tenner.
New York: Alfred Knopf. 1995. 352 pp.
ISBN: 0-679-42563-2
Se trata de una reflexión sobre por qué muchas veces las tecnologías acaban haciendo «salir el tiro por la culata».
Un ejemplo lo constituyen las autopistas: cuantas más hay, más vehículos circulan. Y esto nos puede resultar familiar, porque es lo que está ocurriendo también en Internet. Hoy reclamamos más ancho de banda, pero cuando lo tenemos, enseguida nos lo comemos.
Tenner parece querer demostrar la Ley de Murphy, según la cual
«si algo puede ir mal, irá mal»,
y pone numerosos ejemplos de los efectos secundarios de las tecnologías: los dolores de hombro por usar el ratón del ordenador, las enfermedades adquiridas en los hospitales (un 6% de los pacientes internados), las consecuencias de abonos e insecticidas, el aumento de temperatura general y de las enfermedades debido a los sistemas de aire acondicionado, etc.
Los ordenadores son rutinarios
Otro libro que va en una dirección parecida es el de Thomas K. Landauer (1996) titulado Trouble with computers –Problemas con los ordenadores–.
Trouble with computers.
Thomas K. Landauer.
Bradford-The MIT Press. 1996, 440 pp.
ISBN: 0-262-62108-8
El principal argumento de Landauer es que la historia de la informática muestra dos etapas correlativas en el uso de los ordenadores.
- Primero se aplicaron a realizar tareas fácilmente automatizables (las que se reducen a operaciones numéricas o lógicas).
- Y después se han empezado a aplicar a tareas «más humanas», o al menos más cercanas a actividades humanas, como por ejemplo ayudar en la toma de decisiones, a organizar la información, hablar, escribir, etc.
La segunda, de aumento de la capacidad humana, se corresponde con tareas que no pueden ser reducidas a operaciones numéricas o lógicas.
Estas dos etapas coinciden con las que Shoshana Zuboff describió en su fundamental libro In the age of the smart machine: primero la de las máquinas aplicadas a «automatizar» y después la de las dedicadas a «informar».
In the age of the smart machine; the future of work and power.
Shoshana Zuboff.
New York: Basic Books. 1988, 468 pp.
ISBN: 0-46503212-5
Pues bien. La tesis de Landauer es que esta segunda aplicación de los ordenadores, la que va más allá de la automatización de tareas, no está dando los resultados esperados.
Hay muchas razones para ello, que él comenta con extensión, pero quizá se podrían resumir en las siguientes:
- los ordenadores son aún difíciles de utilizar,
- se aplican mal o a tareas equivocadas.
Productividad
Si la productividad se mide como la facturación por empleado (por ejemplo), entonces resulta que ciertas evidencias demuestran que los ordenadores han conseguido aumentar la productividad de las fábricas, pero no la de los servicios, lo cual tiene un efecto importante en la productividad media de las sociedades occidentales –en las que los servicios son ya más importantes que las industrias–.
Una razón cabe buscarla en el hecho de que la productividad aumenta cuando se sustituyen hombres por máquinas (trabajo por capital, en términos económicos), cosa que en los servicios no es todavía posible, al menos masivamente. Sencillamente, no hay máquinas suficientemente «inteligentes».
Una frase de Landauer lo resume a la perfección:
«(en los servicios) las tecnologías de la información (TI) han hecho posible hacer más trabajo, pero no necesariamente de manera más productiva. Cada dólar gastado en TI ha generado un dólar en términos de valor añadido; y no más que eso»,
de manera que la balanza final es que la inversión en TI ha dejado la productividad igual.
El fenómeno se conoce en economía como la «paradoja de la productividad», mencionándose a veces al Nobel de Economía Robert M. Solow quien en 1987dijoː
«en todas partes se ven enormes inversiones en computadoras, pero no se ven aumentos de la productividad».
Se argumenta que en servicios no tiene mucho sentido hablar en términos convencionales de productividad, porque el efecto de la inversión en TI va mas allá de conseguir mayor output o resultados. El efecto se nota en mayor calidad, mejor atención al cliente, más rapidez de producción de los servicios, etc.
Pero el problema es que la productividad, en términos clásicos (relación output/input) sigue siendo una variable utilizada para medir la evolución económica de una sociedad. Al usarla nos encontramos que justo cuando más se invierte en TI, menos rápidamente crece la productividad.
Sin ir mas lejos, el año 1995 se ha considerado un buen año en los EUA porque su productividad media ha aumentado un 1,1%, la mejor cifra en los últimos tres años. Pero esta cifra no es comparable con la que se conseguía en los años 60 ó 70, que era del orden del 3 y 4%.
El libro de Landauer ha levantado polémica: detractores, «enamorados» de la tecnología, y defensores, entre los que cabrá considerar, probablemente, a los que nunca se han entendido con las máquinas.
Para Landauer, lo que cuentan son los datos, que él mismo da con abundancia.
Y, en su opinión, la solución del problema pasa por diseñar TI pensando en las personas que las van a usar. O, como él lo llama, por diseñar sistemas «centrados en el usuario».
Ni que decir tiene que será imposible diseñar estas máquinas «centradas en el usuario» si no entendemos de una vez qué es la información y cómo la utilizan los humanos.
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Esta información se publicó en la revista Information World en Español (IWE), n. 47, septiembre de 1996, pp. 29-30.
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